Me pregunto si podemos atrasar los relojes hasta sincronizar
ahorrarme el dolor de los adioses
retroceder para no saber nombrarte
olvidar mi nombre y tus ojos mirándome
en la noche, la primera sonrisa
la promesa de un mundo
que sólo estuvo en mi cabeza
la confusión de una brisa de verano
hasta que llegó la claridad del invierno
y lo llenó todo de rastros
innumerables rastros de los quizás y los por qué
que no aprenden a no ser preguntas y desaparecer
¿podemos sincronizarlos hasta el olvido?
No me resigno a ir a destiempo y verte avanzando
sin mí, sin saber nombrarme, obviando mi ser
dejando un hueco en la cama siempre vacía
que te llama en la soledad insoportable
-susurrando tu boca, tu cuerpo,
tus manos, tus labios, tu risa, tu placer-
y me reclama ser quien soy y no lo suficiente
pago la penitencia de las mañanas sin ti
de los días con neblina que siguen igual
porque nunca decidiste quedarte
tú que no crees en las estaciones
ni en los principios ni en el final
no hay una historia que contar
más que el nudo en la garganta
que me obliga a recordarte.
