Alguna vez nuestros caminos se cruzaron.
Eramos dos críos: tu dolido de amor, yo buscando el mío. Claramente no funciono.
Compartimos efímeros momentos que nos llevaron a pensar en un nosotros, pero a destiempo.
Nos quisimos sin coincidir.
Y así fuimos y venimos en medio de la indecisión, entre el orgullo y el temor.
Tal vez fue demasiado tarde o quizá demasiado pronto.
Nos dijimos adiós en silencio. No buscamos otra opción.
Un sentimiento sin emoción o tal vez a la inversa, no supimos.
Un día nos encontramos en medio de una intersección y nuestros pasos avanzaron en direcciones diferentes, lejanas, opuestas.
Hasta que hallarte de nuevo en otro lugar, con otra gente y otro tiempo removió mis sentimientos… Pero sin derecho.
Así estaba.
Sin derecho a verte, a pensarte o a tenerte.
No tenía derecho y ni siquiera lo anhelaría.
Ambos labramos nuestros caminos y el peso de mis decisiones me alejaron de ti, sin remedio. Y tú escogiste sin titubear tu destino, sin mí, cada vez más lejos…
En lo particular no sé si me arrepiento, pero fueron mis elecciones y como tal asumí las consecuencias, mas aún sigo sin poder decirlo y algunas veces me cuesta dormir.
Por ello intente borrar cualquier camino que me llevara hacia ti, no quería darte explicaciones, no tenía la mínima intención de tener que sufrir.
Pero fue en vano.
Al pasar de los años, cuando crees que todo está en el pasado, el destino tiene una manera muy canija de recordar cada «error».
Así fue que te vi, sonreías ampliamente y el peso de tu mirada me provoco querer huir.
Pero en realidad no veías a hacia donde estaba yo.
Sentí alivio.
Deseaba abrazarte, jugar con tu pelo, tocar tu cara y de repente pensé en darte un beso.
Pero, ¿con qué cara?
Tu amor me estaba prohibido, era mi castigó, mi flagelo, mi tormento bien merecido.
No es que fueras un santo, eso lo sé. Pero yo no debía juzgarte ni hablar por ti. Yo no podía pararme frente a tus ojos y fingir, aunque lo obviaras.
Por eso me fui de ese lugar antes de que me notaras, me marche sin la intención de volver a verte.
Y poco a poco el sonido de tu voz fue disminuyendo conforme avanzaba hacia la salida, sin posibilidad de regreso. Por aquello, por eso, por… Sin ningún derecho.

