Él no era una excepción a la regla, siempre lo supo. Nunca debió esperar nada, hasta que lo hizo.
Quebró sus códigos, uno tras otro; su interés crecía, su disposición, sus ansias, su anhelo, su deseo, su aprecio, su desesperación.
Sentir su mirada en ella, sus labios, sus manos… el sonido de su risa, el sarcasmo de su voz, lo perspicaz de su mente y el misterio de su corazón, los tatuajes en su piel y su característico olor a tabaco… Todo ello le producía una descarga enorme de endorfinas y serotoninas, le causaba expectativa, esperanza, sueños e inseguridad.
Y lo odiaba, (por supuesto lo deseaba).
Hasta encontrase inmersa en el café de sus ojos, en el palpitar de su pecho, en la calidez de sus manos, en el sonido de su respiración, en el recuento de sus lunares, en lo grave de su voz, hasta que recordaba… La verdad, la triste verdad: anhelaba a esa alma libre que cabalga lejos, sin retorno, sin pausa, sin empatía, falto de sinceridad, de interés, sin querer ser «suyo».
Aquel chipi chipi en su corazón la mojaba lentamente y con calma, con toda la maliciosa intención, pero no había más, nada más de lo que ella podía esperar.
Respiraba en su cuello y hacia vibrar su cuerpo, a mordidas le arrancaba suspiros, latidos, gemidos, al mismo tiempo que sentía su sonrisa traviesa a través de los poros de su piel… y pasaba, terminaba, se iba sin decir adiós.
En otro momento, otro segundo, inexplicablemente, sin aviso ni permiso, se convertía en tornado, no por su tremenda potencia o pasión, sino porque sólo la destruía a su paso. ¡Absurdamente! Sin durar, torrencialmente, ambiguamente, estúpidamente, como el «dedo de la muerte».
Y a pesar de todo, ahí estaba, pensándolo, recordándolo, deseándolo a su lado, buscando una incoherente explicación. Mujeres… Hombres.
Fue de lo peorcito. No, me retracto. Es de lo peor.
