
Hay vínculos que deben romperse, y el nuestro era uno de esos. Sin embargo, aún quería tenerle…
Me era inevitable, a pesar de todo, pensar en él.
Nunca supe como llegue hasta ese punto, pero a estas alturas más que respuestas, buscaba valor para realizar las preguntas no hechas.
O simplemente voluntad para no volver a caer en la trampa de sus labios y de una vez por todas decir adiós.
No obstante, carecía de ambas.
Pero juro que no era una cobarde (mucho menos una valiente), sólo me encontraba en el punto medio del anhelo y el fastidio; del miedo y el cariño; del cielo y el precipicio; de nuestros dedos entrelazados y su desidia; de mis sentimientos y la desdicha; del coraje y la indecisión.
Aclaro… ¡Ni siquiera era autoengaño!
Sabía perfectamente que no debía más que olvidarle y suprimir mis recuerdos sobre él, omitir el deseo y fingir demencia si volvíamos a coincidir. Mas saberlo era muy diferente a llevarlo a cabo.
Pero lo haría.
Tenía que tomar la decisión correcta y, en un acto de autodefensa, huir mientras no era presa de mi misma, mientras era consiente, ¡mientras podía!, me repetía una y otra vez.
Él no podría quererme de la manera en que yo lo hacía, y esperar demasiado era algo que no debía hacer y que no quería, así como tampoco dar por hecho cosas que aún no sucedían, pero el peso de su ausencia, de su intermitencia, cada día dolía más, cada día lo soportaba menos.
No quería terminar en un huracán.
Además, ante sus ojos, sólo era una insulsa niña.
La verdad es que, ante la inminente perdida, yo anhelaba regresar a lo que éramos, pero una vez que las cosas empiezan a cambiar es muy difícil que vuelvan a su estado original, y quizá, lo cierto, es que debía descubrir quien quería ser yo.
Estaba demasiado confundida, no podía pensar con claridad.
Necesitaba abstinencia y soledad, necesitaba repararme y aprender a volar… tal vez lejos.
Mientras cavilaba todo una y otra vez, mientras sentía la aflicción en mi pecho, mientras mis pensamientos inquisitivos y recurrentes me dirigían hasta él, lloré.
Por primera vez lloré por él, por mí, por nosotros y por no volvernos a encontrar, al menos por un tiempo, al menos hasta sanar.
Fue así que, llena de lágrimas, desperté del sueño en el que había caído a su lado y me di cuenta de la realidad: podía envolverlo de cariño, respetar sus silencios y darle amor, pero lo cierto es que sus ojos no miraban hacia mí, sino a otra dirección.
Es por eso que, antes de empecinarme en causas perdidas, romper vínculos era el remedio infalible para de una vez por todas concretar un adiós.
Fabricaría un rompeolas para mi propio corazón.

