En mi habitación tengo una libra de lo mucho que me ha dado por pensarte, la prueba irrefutable de que te quedaste en mí, susurros que no paran de nombrarte, y repudiarte, en algunas ocasiones.
En la sala de estar te dibujo con mis manos, pero antes de contornear tu cabello castaño, te asustas y te vas, porque no estás listo, porque no pensamos igual, porque qué sé yo de no sé qué, ¿porque no soy lo suficiente… para ti?.
No te sigo, la luz se muere en un instante y me quedo entre las sombras, pasmada entre las opciones que me dejas, que no me gustan, pero que no me atrevo a refutar porque no voy a pedirte que te quedes -me lo repito una y otra vez, casi logro convencerme (por completo esta vez)-.
En los días de olvido, te apareces en mis sueños y no dices nada, justo como ahora, y me quedo viendote, suprimiendo el deseo de arrojarme a tus brazos, errando en mis intentos de descifrarte, continuando firme en mi idea de no cambiarte.
Así es como estás y no, como te pienso y no, como te quiero y no, como te vas y no… como me miento y sí.
No te culpo, quisiera decírtelo, pero la distancia me ha vuelto cobarde. Mis dedos tiemblan cuando piensan en escribir «ven, te necesito, ¿no importa que sea tarde?».
En noches como hoy te dejo una pista de lo que me has hecho, escribo cada letra con miedo de asustarte, me plasmo en unos versos con el deseo de encontrarte. Te recito sin decir tu nombre para que sospeches, pero no tengas la certeza de si he llegado a amarte, -porque ni yo lo no sé-.
