Estaba en ese lugar rodeado de gente y comida nauseabunda, padeciendo un dolor que no era mío, pero que por cargas que aún no comprendo sentía como propio.
Mis lágrimas amenazaban continuamente con abandonar mi cuerpo, y me preguntaba si lo que realmente querían era una excusa para escapar de mí y ser libres, de la cárcel que mi carne les representaba.
Sin embargo, aún alcanzaba a detenerlas, no quería consentir el libertinaje; en su lugar, repartí suspiros a diestra y siniestra, mientras me desdodablaba de mí en un viento imaginario que solo asentía y recitaba en susurros apenas audibles «sí, así también me siento».
Al menos mi otro yo lo sabía.
La original, sí es que la hay, decidía sólo viajar lejos para escapar de su pensamiento, dejándome a mí sentir el tormento inmemorial de la existencia.
