El miedo que habita en mí se ha convertido en un huésped exigente, taimado; pasó de ser inaudible a aquel que abusa de mis pensamientos y las probabilidades de que esta vida se convierta en una inapelable, indecible, sorda, culpable.
Ni el alcohol me dio buenos resultados, al contrario. Reforzó la paranoia de esta muerte inevitable, de esta vida inbebible, de estos sueños diluidos, de poco a mucho, inalcanzables.
Este huésped reacio, risible, me ha dejado paralizada frente a la pared de un cuarto que no es el mío, de un hogar que nunca tuve, de un anhelo que jamás he cumplido, de una lista interminable.
Sigo cada año más desmejorada que el anterior, más afasica que de costumbre, más muerta que viva, buscando las palabras que definan de una vez por todas esta idiotez que no me deja fluir
(ni ser, ni estar, ni escribir… en esta existencia que no reconozco mía).
