Soledad compartida

A flor de piel, Poescritos

Estoy terriblemente sola. Más aún cuando la gente alrededor da tantas vueltas y el sonido del claxon cruge en mis oídos.
Estoy tan sola como cada cumpleaños al despertar, cuando espero con fe y no pasa nada.
Justo como en cada sorbo de café que intenta ser engaño, en un día diferente, pero que transcurre igual, que sabe igual: amargo…
A las dos de la tarde, a las cuatro, a las seis, antes de dormir. Incluso en los sueños a los que trato de aferrarme, pero que también se van, desaparecen de a poco, dejándome este anhelo por recordarlos.
En mi letargo, fatalmente sola, estoy como el vecino imaginario que poda el césped los domingos a las cinco de la tarde y sonrie, mientras por dentro rompe en llanto, tan cansado, mucho más que mi abuela que toma su siesta en el sillón café que antes fue amarillo, pero que a nadie le importa.
O como mi madre en el fondo de la habitación mirando su televisión interior casi descompuesta, arrumbada, convirtiéndose en olvido.
Como aquella familia de la que no soy parte, y que no sabe que es familia o no quiere saber, o le da igual, porque cada quien está lo suficientemente descocido como para tener ganas de unirse. Y simplemente, quizá, porque no sabe qué es familia.
Así, terriblemente estoy, como se puede estar al final de los 25 años, en silencio, en un hogar que se siente ajeno, en los errores que no cesan de facturar, jamás.
En la decadencia del cuarto de siglo, consumiendo el miedo y fustigando la culpa que lo vuelve todo insoportable, acechada por las miradas inquisidoras que me dicen lo terriblemente sola que estoy, en la esperanza de que todo va a estar bien, como aquel que se sabe solo, como tú, como todos alguna vez, en la sonrisa de etiqueta, en el saludo cordial y, a veces, en unas lágrimas tímidas que igual ya no sirven de nada.

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