A mi madre
Tengo miedo de vivir en un mundo donde lo normal es tener miedo.
Dónde tengo que cuidar lo que me pongo, la forma en que me expreso y desconfiar de todas las personas a las que recién conozco.
Es abrumador caminar con desconfianza ya sea por el día o por la noche, aguantar piropos callejeros que no quiero ni pido recibir, las miradas lascivas si llevo ropa corta o ajustada, leer noticias de chicas desaparecidas o halladas muertas que dejan una imborrable estela de dolor, (y en dónde a muchas se les culpa de lo sucedido).
Cualquiera puede ser la siguiente. Nunca jamás nada justificará un acto como éste, entre muchos otros.
Estoy cansada de vivir con miedo, de la paranoia instalándose en cada parte de mi cuerpo. Tengo tanto miedo de vivir así, de morir así.
Pánico de que algo pueda pasarme trayendo la desgracia a mi familia. Esa idea es la que más me duele.
Por eso le he dicho a mi madre que si algo pasa siga adelante. Sin embargo, sé que no lo hará, que una situación así puede destruirla como ha destruido a otros padres, otras familias. Lamento tener que lamentarlo. Imaginar un futuro así me desgarra.
«Sé feliz porque es lo que yo querría», le repito, y es lo que quiero, que nada opaque sus discretas sonrisas, pero Dios, mi deseo primitivo es que ella no tuviera que escuchar algo así, que no viviera con la angustia de que algo pueda pasarme, pasarnos. Qué ningún padre, madre, hermanos, hijos u otra parentela tuviera que despedirse… por si acaso.
Hombre o mujer, ya no nos sentimos seguros. Y que sea «normal» es lo que más debería de asustarnos.
«Avísame cuando llegues». «¿En qué taxi vas?». «Mándame tu ubicación en tiempo real». «No salgas sólo». «Ten cuidado con quién hablas». Son algunas frases que no paramos de repetir, son sentencias que se llevan un pedacito de nuestra alma».
Tenemos miedo y no, no es normal. Ojalá pudieramos hacer algo para cambiarlo, de inmediato.
