
Yo sabía que el dolor era algo temporal, pero saberlo no marcaba la diferencia.
Cada día sufría una lucha interna entre lo que quería y lo que debía hacer.
Me recordaba a cada instante que estaba comenzando de nuevo y que el pasado tiene que quedarse ahí, y especialmente lo que sentía, tenía que dejarlo en el olvido, por mi bien.
En días como hoy despertaba pasado el mediodía, casi no comía, ni siquiera preparaba café.
Prefería estar en la cama, divagando entre los recuerdos, entre los remordimientos, entre los hubiera y algunas veces imaginando lo que pudo ser.
Pero era un poco extraño, no estaba enojada, no recordaba sus vaivenes, su intermitencia o su indecisión.
Locamente recordaba lo pronunciada de su sonrisa, las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y el calor de su piel…
Lo anhelaba, incluso lo justificaba.
Pretendía entenderlo y me torturaba pensando que yo en su lugar quizás hubiera hecho lo mismo.
En días como hoy no podía evitar mirar atrás y desear quedarme, esperarlo… aunque en algunas ocasiones no llegará.
Toda mi voluntad terminaba hecha trizas, y en lugar de recoger los pedazos para unirla de nuevo, me ponía a jugar con cada fragmento, aunque me lastimara.
Rayos, cuanto lo extrañaba.
¿Me pregunto si él lo sabría?
