
Le dije que se fuera y pude ver inmediatamente como algo dentro de su ser se quebraba, todo pasó en menos de cinco segundos, pero ese tiempo se me hizo eterno. Mientras veía a través de su mirada su sonrisa desvaneciéndose, pude sentir la culpa carcomiendo mis entrañas, pero me mantuve firme, no pude más que reírme a carcajadas, le resté importancia, me di la media vuelta y me fui, la dejé en su agonía, y junto con ella se esfumó mi alma.
Era una mujer ya muy madura, acabada, el tiempo cruel y pesaroso caminante había dejado su huella en ella. Prueba de ello eran sus abundantes arrugas y su creciente lentitud al caminar.
Las canas en su corto y reducido cabello negro eran evidentes y los achaques de reumas no se hacían esperar. Nuestra diferencia de edad es notable, pero antes, cuando éramos más jóvenes nunca importó. Esa mujer me dio los mejores años de su vida, me enseñó muchas cosas, cosas que nunca antes había descubierto y que no se si una persona como yo lo habría hecho por si sola.
Me encantaba, podía pasar horas y horas hablando con ella. Siempre me hacía reír. Algunas veces, como cualquier mujer de su edad, me regañaba y pretendía tener el control sobre mí. Y de cierta manera así era.
Nos enojábamos, me molestaba su actitud, pero juro que yo la amaba. Sí, a esa misma mujer a la que hoy despreciaba y guardaba algún tipo de resentimiento; a la que ya no podía oír más de tres segundos; a la que fingía poner atención mientras me contaba historias nuevas o a veces repetidas una y otra vez. Sí, a esa misma mujer con la que disfruté pasar mi tiempo un par de lustros anteriores.
Verdad de Dios que la amaba y con un amor puro y sincero. Ella siempre estaba para mí, era mi luz en la oscuridad, mi fortaleza, ¿qué más podía pedir?
Me daba lo que quería cuando quería. Se desvivía por darme lo mejor, hacerme feliz. Me amaba y yo lo sabía.
Aunque nunca, durante el tiempo que compartimos, me lo dijera con palabras, yo lo sabía. Pero ahora todo lo que salía de su boca me desagradaba, el tono de su voz me lastimaba, su apariencia ya no era la misma, su olor era diferente, su dentadura ya incompleta opacaba su sonrisa que parecía extinguirse y que no me contagiada más alegría.
Había cambiado, el tiempo fue implacable con ella, el tiempo me la arrebató o ella se dejó ir, pero definitivamente ya no era la misma y yo no podía soportarlo. Yo no podía soportarla.
¿Que si la odiaba? Para nada. ¿Cómo podría?
Sólo no podía estar más tiempo cerca de ella. Se quejaba demasiado, ya no me hacía feliz. Ella ahora era vieja y yo seguía siendo «joven»; con otros intereses, otras amistades, otras relaciones.
A veces me sentía muy culpable, por sentir lo que sentía, por querer salir corriendo y nunca más regresar a su lado, por querer abandonarla. Pero se me pasaba, y cada vez me importaba menos lo que pensara, lo que sintiera.
Un día, hace dos años, me fui de casa: ella entendió. Era tan amable que lo hacía insoportable; era tan comprensiva que me desquiciaba. Me fui, y a pesar de eso, ella me esperó, siempre estuvo ahí para mí, para martirizarme, -me decía -.
La llamaba de vez en cuando para ver como estaba, pero sólo recibía quejas, sólo malas noticias, sólo anuncios de nuevas enfermedades. Mis llamadas eran menos frecuentes y cada llamada duraba menos que la anterior.
Mi carácter empeoró, cabe decir que siempre tuve uno difícil, uno fuerte e imponente, pero ahora estaba más amargada, ¡más sola!. -yo empeoré-, estaba fastidiada de la vida, más antisocial, más negativa, más perdida… ¡Porque esa mujer me destruyó!
Eso me decía frente al espejo siempre que la ira se apoderaba de mí.
Mis fracasos, mis derrotas, mi mala suerte, todo fue culpa de ella. Porque ella me hizo la persona desgraciada que soy ahora -me decía cada vez que me deprimía-. ¡Ella me hizo perdedora!
¿Pero qué culpa tenía esa mujer que yo fuera una mal agradecida, que no soportara y quisiera estar con ella? A veces en mis peores noches me lo preguntaba.
Con lágrimas en los ojos, algunas ocasiones me cuestionaba, “qué culpa tenía esa señora de mi resentimiento, de mi batalla con la vida”.
Y me enojaba aún más con esa mujer cada vez que soportaba todos mis desplantes, sobre todo cuando fingía que no le dolía. Cuando fingía no darse cuenta de que yo la ignoraba y seguía hablándome, entablando conversación.
O peor aún, cuando callaba y se encerraba en su cuarto, mientras me dejaba en paz viendo televisión o haciendo alguna otra holgazanería, ¡En paz!, en mi mundo de comodidades y ocio. Me dolía sentirme tan miserable y al mismo tiempo me dolía que en el momento de mis barbaridades realmente no sintiera nada.
Cuando regresé a casa me recibió con los brazos abiertos, sin pedir explicación, y con una sonrisa en su cara que me hizo sentir lástima, lastima por mí.
Esa anciana, mi abuela, una mujer arrugada, acabada, que ahora para mí era una extraña, nunca me dio todo lo que quise o hubiera anhelado, pero todo mundo sabe que me dio lo mejor que pudo, su vida entera, pero no fue suficiente. Nunca lo fue…
