Intento olvidar el ruido del mundo mientras el agua fría cae sobre mi piel y compite con la lluvia que triste me acompaña. Restriego los recuerdos ferozmente y lavo las cicatrices de mi alma pero no es suficiente. Algo falla.
Quiero acallar con mis lagrimas el caer de las nubes que en junio me encaran y me recuerdan esta tormenta que es la calma; esta calma que me falta.
Pero reacias, así son, una locura que divertida e incoherente me fallan. Por lo tanto, mientras se niegan a venir sonrió descolocadamente y observo mi piel desnuda y goteante en lo que hoy tengo por reflejo.
Entonces me voy a ti, sin mí, intentando descifrar aquellas madrugadas que trastocaron mi paz y hoy sin piedad me amenazan, me laceran, se me escapan, como los discursos arquetípicos de la moral que ya no es tanta.
Regreso en mí, con los ojos caídos y rojos, así que me despabilo un segundo, apelando al equilibrio, al poco que me sostiene y de vez en cuando me engaña.
Mejor pienso en salir a perderme entre las sinuosas calles de esta ciudad bipolar, fuertemente amurallada. Pero salir ya no basta -a quién engaño- así que me echo al suelo mientras juro que no volveré ahí: a lo corrupto de tus palabras.
Entretanto, termino hecha un ovillo, rezando llanto y esperanza.
Aunque mi amiga del seis me dice que en realidad parezco una larva envuelta entre cobijas sucias que fatalista e inconsciente jura que no va a florecer, porque le duele el pecho, le duele el anima; de tal suerte que me quedo en medio de esta metamorfosis amorfa y congelada.
El té se pone en marcha y espero que el vapor haga efecto y me ayude a descongestionar estos sentimientos que amenazan con pasmarse en tu ojos, tu sonrisa y tu nada.
La tetera resuena en esta burla de habitación y me rescata, de nuevo, de las garras de los remordimientos. Me apaga a través de los suspiros que se me escapan, cada uno más intenso que el anterior, los gritos creciendo de estás viseras, desde estas roídas entrañas.
Tras un breve cachetadón de conciencia, me permito cerrar los ojos y simultáneamente me trago a sorbos el dolor que me sabe a miel y a limón, enfrascado en porcelana que se disfraza de muerte, igual que este sentimiento que me mira a los ojos y resuena cada vez que enveneno mi té para el alma.
Así transcurren las horas, con la taza en la mano, buscando la catarsis que me haga vomitarte y purgarme de ti, de este calvario que me hiere y no se deja morir.
