Los rostros de mi padre

Poescritos

Malherida, intento hacer una regresión a tu carne que es mi carne y ha sido carne inerte, sirviente ocasional de caricias fingidas.

Vuelvo a caminar las huellas del pasado, las reminiscencias de ti y de tu sangre maldita que corre dentro de mi piel como caballo desbocado.

Y retiemblo al recordar sus manos que son tus manos acariciándome el rostro y diciéndome que todo estará bien, pero no, no es cierto.

Tú te has ido y nadie más a partir de ahí va a quedarse.

Por ello, entre tanto, los hoyuelos en mi cara que son calcas de los tuyos me dan nauseas, sobre todo cuando el chico del seis me dice que le encantan, cuando le sonrió pero ve mi cuerpo y me convierto sólo en eso, sin importar más nada.

Así que te condeno en tus ojos cambiantes igual que en los recuerdos abortados de una niñez tan fallida como beligerante.

Te condeno cuando fuiste ébano, verde olivo o un sucio mar.

Te condeno desde mis entrañas y por esos labios rojos que besaron mi cuerpo, que lamieron mi boca y se transformaron con el tiempo en duraznos apelmazados que con su dulzor engañaban a mi deseo.

Te condeno por este futuro incierto y por las manos en mi cintura que prometieron un amor perpetuo, por mis lágrimas acalladas y los gritos que lucharon por salir pero envejecieron.

Te condeno por tus rostros errantes y hoy después de tanto tiempo lloro por ti, por mí y por aquellos que no se quedaron, por esos hombres que fueron y vinieron pero no me amaron.

Te condeno por tu ausencia, por tu muerte, por el cariño que no conocí y que en teoría me ha traumado.

Te condeno por tu tez blanca, después morena, en ocasiones trigueña con ánima ronca y un cuerpo deformado.

Te condeno por tu cabello negro, castaño o a veces rubio malvado, por no protegerme, por ser el primero en haberme lastimado.

Te condeno por todo lo que no fui y en esta fría noche, mientras te aborrezco, te condeno por haberme fallado, por no ser mi modelo a seguir, por cada uno de ellos que me ha mancillado.

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