Un par de veces

Poescritos

Hubo un par de veces en las que no quise soltarte, en las que me aferré a ti en un abrazo, en las que implore por tu falso beso de despedida, en las que rogué porque el milagro del amor naciera entre nosotros.
Sólo hubo silencio, y gestos y manos, y más silencio y más de mis manos encarcelando las tuyas, con mis gestos que no querían soltarte.
Hubo un par de veces en las que creí que esa era la última vez que te veía, que te hacía mio, que me condenaba tuya, que mis piernas entrelazaban tu pelvis, a modo de soborno, en modo egoísta, en una guerra perdida.
Hubo una sonrisa, y miedo y tristeza, y más miedo y más tristeza sofocando tu alegría, mi miedo opacando la mía cuando tú partías de aquella puerta como lo hacen los antienamorados, y yo no quería, ni soportaba verlo.
Fueron un par de veces, sí, que mi miedo itinerante te dijo adiós, intuyendo lo que ya sabía: no habría una próxima vez… pero seguimos.
Sin embargo, poco tiempo después, la última ocasión, ni me despedí, ni recuerdo tu falso gesto de tus labios en mis labios, ni lo supe, ni lo intuí, ya me había acostumbrado al proceso de tus huidas y mis venidas, todo fue igual, pero algo se ha borrado de mi memoria.
La última vez, no lo fue para mí, te vi bajar las escaleras, un paso cada vez más rápido que el otro, como lo habitual. La lluvia caía, tan rápido como mi anhelo de verte otra vez.
Pero no, no hubo otra vez. ¿Tú sí lo sabías?

A la espera

A flor de piel, Poescritos

Te espero cinco minutos menos ansiosa que ayer
en el mismo lugar donde esta vez no hemos quedado
sentada en la misma silla que me dejaba indefensa ante tu mirada.
En esta ocasión tomo café con una buena dosis de melancolía
la infusión de frutos rojos de la última tarde ha quedado rezagada
junto con la sensación de felicidad de estar a tu lado.
Hoy no estás, en cambio me acompañan los reproches y las dudas
la magia desvaneciéndose en cada recuerdo del nosotros que nunca fuimos.
Ojalá pudiera quedarme algo más que anhelo, pero nunca fuiste mío.
Mía fue la ensoñación del tiempo compartido, de las pláticas inolvidables
y el deseo de repetir el buen sexo que me dejó sin aliento.
Mío es el recuerdo de tus ojos glaucos acariciándome la piel,
de tus dedos surcando mi cara, de mis labios mojándose en tu nombre.
Mía es la idealización de tu sonrisa, de tu cara, de tu cuerpo,
de tus emociones que me mantienen atrapada y no me dejan partir de ti.
Te espero, sí, no sé por qué, ni por cuánto tiempo a la deriva
pero también me estoy forzando a no hacerlo más.

(Sé que en nada de esto hay sentido, por eso no hago más que esperar).

 

Capítulo 5. -El final.

Poescritos
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No me tomo mucho tiempo darme cuenta que él era la clase de persona que nunca se quedaría. Sin embargo, cada paso que daba me arrojaba a sus brazos, incluso cuando él los mantenía cerrados para mí.
Era cansado.
Estar cerca de él dolía, pero alejarme lo hacía más, así que me mantuve en espera, masoquistamente, viendo el pasar de los días y sintiendo el pesar de su intermitencia.
Con cada día, con cada caricia, con cada momento a su lado, sin querer ni buscarlo creé lazos, convertí el compañerismo en dilección, en cariño, en admiración.
Mi error.
Nunca me engaño y yo siempre lo supe, esperar a que el volteara a verme sólo me haría daño pero me mantuve.
Pero tampoco se sinceró, me tomaba de la mano y me acurrucaba dulcemente entre sus brazos abriendo las puertas a cualquier interpretación.
Fue así que terminé confundida: cuando estaba decidida a evitarlo volvía a mí, sus labios rosaban los míos y sus manos erizaban mi piel, olvidaba todo, era feliz hasta que de nuevo se iba sin dar alguna explicación.
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Sus vaivenes desestabilizaban mi estado de ánimo, pero no mi decisión. Estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuera necesario. Creía que si era paciente podría llegar a su corazón; confiaba en que mis sentimientos podrían alcanzarlo, mas nunca pasó.
Por un momento fluctué entre la elección y el arrepentimiento, entre la burla y la franca hostilidad. No me quedó más que callar sospechas y ocultarlas entre miradas de temor y reproche.
No dije nada.
¿Qué podía pedir?
¿Qué podía hacer?
¿Qué podría expresar?
Ese hombre no me quería y yo tenía que entender.
A veces me martirizaba pensando en que había sido usada y otras tantas pasaba del llanto a la risa imaginando lo ridícula que parecía.
adult-1869541_960_720En la ocasión menos pensada me dí cuenta que me gustaba y sin mucha resistencia me deje ir y me entregue.
Descubrí lo mucho que me atraía y seducía su risa, la forma de su cabello, las variaciones en sus gestos, lo complejo e interesante de sus pensamientos, su mal humor e incluso su humor negro, su carácter fuerte, el color de su piel, sus tatuajes, su descaro, la manera en que mordía sus labios… un sinfín de defectos y bondades.
Me tenía embelesada.
Definitivamente me gustaba y sobre todo lo respetaba.
Mas nunca supe cómo me veían sus ojos, ni si quiera si me veían.
Las cosas pasaron tan rápido entre nosotros, que no me detuve a pensar en que estaba haciendo y me deje llevar, sin saber de su vida, sin que le interesará la mía, ignorando la verdad.
Hasta que la incertidumbre y la evidencia me rebasaron y ante su ausencia asumí que fui el pasatiempo, la segunda opción, el juguete y nada más.
Así estuve un tiempo hecha una idiota y esperando cosas que sabía que no iban a pasar.
Llegó mi momento de decidir y ya no podía más. Tomé la decisión de irme y abandone cualquier esperanza de que él mirara hacía mí.read-369040_960_720
Me marche sin ser echada de menos, pero con la convicción de que pasara lo que pasara no daría un paso atrás.
A estas alturas estaba llena de desesperanza, entendí que desear que él me quisiera era tan inútil como esperar que nevara en esta árida ciudad.
Tardíamente elegí el final.