Tal vez y quizás

A flor de piel

Tal vez algún día nos volveremos a encontrar y quizás, por un breve momento, la tierra se detendrá y seremos nosotros quiénes empezáremos a girar.
Se nos regalará ese tiempo y esa circunstancia de la que en antaño no se pudo hablar, aunque problablemente, según ciertas palabras, seguiremos en la situación inadecuada.
Tal vez un par de cosas ocurrirán:
Quizá pasemos de largo, sigamos derecho y sin mirar atrás, y cuando lleguemos a casa soltemos la respiración contenida y empezemos a recordar… O tal vez simplemente no suceda nada.
Pero también, puede ser, que nos encontremos de frente. Me mirarás y verás que seré menos niña,-confió en que un poco más guapa- y mucho más inteligente.
De seguro tú tendras canas, los mismos labios rojos, y tras una larga y asustadiza pausa, sonreiré al reconocerte.
Te diré » ya estás viejo» y tú soltaras un » te vez decente». Y ambos, quizás, reiremos mientras se nos arruga la frente.
Pero no pasará más nada. Justo como ahora. En realidad no sé si me alegraré de verte. No obstante seremos concientes de que en el futuro como en el pasado reciente, no se puede cambiar lo que no está destinado a ser, aunque uno de los dos o ambos lo intenten.
Pero al menos nos encontráremos (sigo sin entender el porqué esto es un consuelo). Es probable que se escape un suspiro ciego y el viento nos golpee muy fuerte con los anhelos. Tal vez sonreíremos y si tenemos un poco de suerte, ambos nos preguntáremos qué hubiéramos obtenido de haber cambiado el juego.
Me preguntó si tu corazón se acelerará y si a mí me temblaran las piernas, si alguno de los dos intentará actuar o sí quizá el tiempo nos permita, nos tiente, nos aliente…
¿Serás tú quién me bese?
Tal vez, ¿debería corresponderte?
Podría salir corriendo antes de que mis lagrimas caigan como en el presente.
Pero quizás, imploro, nada suceda al verte. El ahora es suficiente. ¿El dolor seguirá latente?

Sin embargo, tal vez en unos años tú seas muy distinto, y yo, quizá, alguien muy diferente.

Te desquiero

Poescritos

Tardé toda una vuelta al sol, un eclipse, noches en vela, sismos devastadores, unos cuantos huracanes, dos inviernos, dolor en el pecho, ansiedad, silencio, 375 lunas y tu hosquedad para entender lo evidente: no somos, nunca fuimos, jamás seremos.
(Casi nada de tiempo.
Al fin, hoy te desquiero.)
Me tomó toda tu cobardía, los innumerables «hablamos luego», los desplantes, las mentiras, la insistencia, tu lejania… hasta comprenderlo.
(Lo he decido. Te desquiero)
También me costó lagrimas, mensajes enviados, llamadas sin contestar, apatía, confusión, un poco de humillación, el frío en tu corazón, la falta de calidez, sexo una vez al mes.
(Cosas sin importancia.
No es por ello, pero te desquiero)
Te desquiero por todo este tiempo, por salud mental, por amor propio, por que se acabaron las ganas de esperar.
Te desquiero porque estoy dejando ir, porque ya no hay a donde huir, porque se acabaron los por qué.
Te desquiero por que me cansé, porqué el tiempo pasó, porqué me dolió, porque el desencantó llegó.
(Gracias).
Sin mirar atrás, más para nuestro bien que para mal, te desquiero con todo lo que me costó, sin despedidas, sin reclamos, sin decir adiós.

Vulgar engaño

Poescritos

Yo lo quería.
Sin embargo, entre él y yo, nunca hubo nada.
Después de un tiempo me resigné a su lejanía y omití mis expectativas…
Me deshice de mis sentimientos (vulgar engaño).
Así, pues, lo veía para tener sexo, pero al final de cuentas, tenía sexo sólo para verlo.

Tú. Yo.

Poescritos
Tú, extraño
Tú, una sonrisa
Tú, el primer “hola”
Tú, sin prisa
 
Tú, culpable
Yo, indiferente
Tú, un ogro
Yo, no soy inocente
 
Tú, largas pláticas
Tú, intermitente
Tú, un amigo
Tú, independiente
 
Tú, inteligente
Yo, exigente
Tú, el misterio
Yo, sin anhelos
 
Tú, la espera
Tú, batalla ciega
Tú, efímero
Tú, improcedente
 
Yo, ínfima
Yo, una noche
Yo, sintiendo
Yo, sin reproches
Espera, larga espera
 
Tú y yo, diferentes
Tú y yo, sin respuestas
Tú y yo, sin futuro
Tú y yo, sin seguro
 
Tú y yo, una madrugada
Tú y yo, con ansias
Tu y yo, cómplices
Tú y yo, andanzas
 
Tú.
Yo.
Punto y aparte.
 
Tu.
Yo.
Inconstantes.

 

Vivir con miedo

A flor de piel, Poescritos
Tengo miedo y es abrumador. Pude haberlo reconocido ante sus ojos expectantes que reclamaban mis lagrimas, pero evidentemente no lo hice.
«No eres apta», -dijo. Y en mas de una ocasión lo he creído.
«No es para ti», escribió en una nota, y muchas veces he pensado en tirar la toalla, pero sigo, no se si por soberbia, por orgullo o por capricho.
Y el dolor es cada vez más latente, las excusas para abandonar son más constantes pero irónicamente continúo porque me da terror tener miedo.
Pero ¿miedo?
«Una emoción caracterizada por una intensa sensación de angustia provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto», eso dice Google, y así me siento.
Me paraliza y no me deja avanzar, pero tampoco retrocedo, y eso es alentador pero al mismo tiempo agotador. No saber a donde ir es lo peor. El temor, la angustia, la indecisión. Los miedos.
Vivimos en un mundo donde predomina el miedo:
Miedo de morir, miedo de vivir. Vivimos con miedo a la incertidumbre y no se diga menos del miedo a sufrir.
La felicidad es efímera y el dolor sobrepasa el limite de tiempo.
Tenemos miedo al fracaso, al rechazo, a ser vulnerables o de que el éxito sea abrumador.
Vivimos con miedo de salir por las noches, incluso ya en el día. A ser asaltados a las 7 de la mañana cuando esperas el camión, a las nueve de la noche mientras esperas a alguien en una esquina.
Vivimos con miedo a la espera, a perder el tiempo, a no ser suficiente, a no llenar las expectativas, a no alcanzar las metas.
Tenemos miedo de ciertos animales, de algunas comidas, miedo a las personas, de uno mismo, de la mentira, del amor, a ser demasiado, a no dar el «ancho».
Le tenemos miedo a las nuevas experiencias, a un nuevo trabajo, a los deportes, a lo desconocido, y muchos a la rutina y a una lista interminable…
Vivir con miedo es inevitable, eliminarlo de tu vida me atrevería a decir que es imposible.
Vivimos en un mundo lleno de miedo, eso es innegable. Pero se supone que hay que enfrentarlos y no dejar que te detengan.
Es bueno conocer tus limites pero también poder ampliarlos.
Tengo miedo, por supuesto que lo tengo, pero si abandono lo que estoy haciendo, no quiero que sea por eso, ese es el porqué me mantengo.
¿Y tú?

Una persona extraña

A flor de piel, Poescritos

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Le dije que se fuera y pude ver inmediatamente como algo dentro de su ser se quebraba, todo pasó en menos de cinco segundos, pero ese tiempo se me hizo eterno. Mientras veía a través de su mirada su sonrisa desvaneciéndose, pude sentir la culpa carcomiendo mis entrañas, pero me mantuve firme, no pude más que reírme a carcajadas, le resté importancia, me di la media vuelta y me fui, la dejé en su agonía, y junto con ella se esfumó mi alma.

Era una mujer ya muy madura, acabada, el tiempo cruel y pesaroso caminante había dejado su huella en ella. Prueba de ello eran sus abundantes arrugas y su creciente lentitud al caminar.

Las canas en su corto y reducido cabello negro eran evidentes y los achaques de reumas no se hacían esperar. Nuestra diferencia de edad es notable, pero antes, cuando éramos más jóvenes nunca importó. Esa mujer me dio los mejores años de su vida, me enseñó muchas cosas, cosas que nunca antes había descubierto y que no se si una persona como yo lo habría hecho por si sola.

Me encantaba, podía pasar horas y horas hablando con ella. Siempre me hacía reír. Algunas veces, como cualquier mujer de su edad, me regañaba y pretendía tener el control sobre mí. Y de cierta manera así era.

Nos enojábamos, me molestaba su actitud, pero juro que yo la amaba. Sí, a esa misma mujer a la que hoy despreciaba y guardaba algún tipo de resentimiento; a la que ya no podía oír más de tres segundos; a la que fingía poner atención mientras me contaba historias nuevas o a veces repetidas una y otra vez. Sí, a esa misma mujer con la que disfruté pasar mi tiempo un par de lustros anteriores.

Verdad de Dios que la amaba y con un amor puro y sincero. Ella siempre estaba para mí, era mi luz en la oscuridad, mi fortaleza, ¿qué más podía pedir?

Me daba lo que quería cuando quería. Se desvivía por darme lo mejor, hacerme feliz. Me amaba y yo lo sabía.

Aunque nunca, durante el tiempo que compartimos, me lo dijera con palabras, yo lo sabía. Pero ahora todo lo que salía de su boca me desagradaba, el tono de su voz me lastimaba, su apariencia ya no era la misma, su olor era diferente, su dentadura ya incompleta opacaba su sonrisa que parecía extinguirse y que no me contagiada más alegría.

Había cambiado, el tiempo fue implacable con ella, el tiempo me la arrebató o ella se dejó ir, pero definitivamente ya no era la misma y yo no podía soportarlo. Yo no podía soportarla.

¿Que si la odiaba? Para nada. ¿Cómo podría?

Sólo no podía estar más tiempo cerca de ella. Se quejaba demasiado, ya no me hacía feliz. Ella ahora era vieja y yo seguía siendo «joven»; con otros intereses, otras amistades, otras relaciones.

A veces me sentía muy culpable, por sentir lo que sentía, por querer salir corriendo y nunca más regresar a su lado, por querer abandonarla. Pero se me pasaba, y cada vez me importaba menos lo que pensara, lo que sintiera.

Un día, hace dos años, me fui de casa: ella entendió. Era tan amable que lo hacía insoportable; era tan comprensiva que me desquiciaba. Me fui, y a pesar de eso, ella me esperó, siempre estuvo ahí para mí, para martirizarme, -me decía -.

La llamaba de vez en cuando para ver como estaba, pero sólo recibía quejas, sólo malas noticias, sólo anuncios de nuevas enfermedades. Mis llamadas eran menos frecuentes y cada llamada duraba menos que la anterior.

Mi carácter empeoró, cabe decir que siempre tuve uno difícil, uno fuerte e imponente, pero ahora estaba más amargada, ¡más sola!. -yo empeoré-, estaba fastidiada de la vida, más antisocial, más negativa, más perdida… ¡Porque esa mujer me destruyó!

Eso me decía frente al espejo siempre que la ira se apoderaba de mí.

Mis fracasos, mis derrotas, mi mala suerte, todo fue culpa de ella. Porque ella me hizo la persona  desgraciada que soy ahora -me decía cada vez que me deprimía-. ¡Ella me hizo perdedora!

¿Pero qué culpa tenía esa mujer que yo fuera una mal agradecida, que no soportara y quisiera estar con ella? A veces en mis peores noches me lo preguntaba.

Con lágrimas en los ojos, algunas ocasiones me cuestionaba, “qué culpa tenía esa señora de mi resentimiento, de mi batalla con la vida”.

Y me enojaba aún más con esa mujer cada vez que soportaba todos mis desplantes, sobre todo cuando fingía que no le dolía. Cuando fingía no darse cuenta de que yo la ignoraba y seguía hablándome, entablando conversación.

O peor aún, cuando callaba y se encerraba en su cuarto, mientras me dejaba en paz viendo televisión o haciendo alguna otra holgazanería, ¡En paz!, en mi mundo de comodidades y ocio. Me dolía sentirme tan miserable y al mismo tiempo me dolía que en el momento de mis barbaridades realmente no sintiera nada.

Cuando regresé a casa me recibió con los brazos abiertos, sin pedir explicación, y con una sonrisa en su cara que me hizo sentir lástima, lastima por mí.

Esa anciana, mi abuela, una mujer arrugada, acabada, que ahora para mí era una extraña, nunca me dio todo lo que quise o hubiera anhelado, pero todo mundo sabe que me dio lo mejor que pudo, su vida entera, pero no fue suficiente. Nunca lo fue…

Poco a poco

Poescritos

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Hoy al fin salió el sol, y con él mi toma de conciencia de los últimos 10 meses.
Haciendo un recuento de los daños descubrí lo caprichoso de los sentimientos y como muchas veces suelen cambiar, sin planearlo ni quererlo.
Así fue que mis sentimientos voltearon hacia su dirección, y en su momento hice lo necesario para ser congruente.
No me arrepentía de nada ni lo maldecía, en su momento lo elegí a él y seguir adelante, sin pensar en las consecuencias, y lo asumo.
Sin embargo ahora, cuando era esencial dejar de quererlo, ahí estaba yo, sumergida entre sus remanentes.
Pero hoy me encuentro mejor, aunque a pesar de todo no dejaba de sentir mariposas, combinadas con una ligera angustia, cada vez que escuchaba su nombre o cuando llegaba a mí el recuerdo de su voz.
Definitivamente aún sentía algo por él, sólo que en los últimos dos meses había aprendido, un poco, a dejar de esperar, sobre todo a ser correspondida.
Además había entendido que el hecho de querer a alguien no significa que tengas que aguantar desplantes, faltas de cariño, promesas incumplidas ni actuar como un tapete.
Me repetía a mí misma que el hecho de anhelar hacer algo no significa que te haga bien, por ello había dejado de aferrarme. Desear estar con él, era como anhelar abrazar un enorme cactus.
Por ello hoy me estaba desprendiendo de su recuerdo.
Al fin pude rememorar lo valiosa que soy y darme una palmadita, animándome a seguir adelante, sin él ni nadie.
Lo quería, aún, por supuesto que sí, pero muchas veces el hecho de querer a alguien no significa que debas seguir haciéndolo…
Por eso hoy me recete una dosis de sol, aire puro y una caminata lo suficientemente larga para curar el dolor.
Creo que funcionó, al menos un poco.

Cap. 6 Remanentes

A flor de piel, Poescritos


Yo sabía que el dolor era algo temporal, pero saberlo no marcaba la diferencia. 

Cada día sufría una lucha interna entre lo que quería y lo que debía hacer.

Me recordaba a cada instante que estaba comenzando de nuevo y que el pasado tiene que quedarse ahí, y especialmente lo que sentía, tenía que dejarlo en el olvido, por mi bien.


En días como hoy despertaba pasado el mediodía, casi no comía, ni siquiera preparaba café.


Prefería estar en la cama, divagando entre los recuerdos, entre los remordimientos, entre los hubiera y algunas veces imaginando lo que pudo ser.


Pero era un poco extraño, no estaba enojada, no recordaba sus vaivenes, su intermitencia o su indecisión.


Locamente recordaba lo pronunciada de su sonrisa, las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y el calor de su piel…

Lo anhelaba, incluso lo justificaba.


Pretendía entenderlo y me torturaba pensando que yo en su lugar quizás hubiera hecho lo mismo.


En días como hoy no podía evitar mirar atrás y desear quedarme, esperarlo… aunque en algunas ocasiones no llegará.


Toda mi voluntad terminaba hecha trizas, y en lugar de recoger los pedazos para unirla de nuevo, me ponía a jugar con cada fragmento, aunque me lastimara.


Rayos, cuanto lo extrañaba.

¿Me pregunto si él lo sabría?

Capítulo 6. ¿Un nuevo comienzo?

Poescritos

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En este lugar, cada vez más sombrío y marchito, no ha parado de llover.

Tormentas han ido y venido, mas la calma aún no llega. Ya no espero nada.

No salgo de casa, y las provisiones de un mes se están acabando, aunque honestamente me tiene sin cuidado.

Sólo hice un alboroto cuando se terminó el té chai, mi favorito, y el único.

Rompí en llanto, (evito mencionarme que quizá eso no fue por el té), pero me repuse, como siempre lo hago.

a-cup-of-coffee-399478_960_720Ahora he adoptado la costumbre de preparar café diariamente: una vez al día, ya sin azúcar (también se agotó); sin embargo he aprendido a disfrutar de su sabor amargo. A todo se acostumbra uno: a la ausencia, al dolor, a las tormentas “interminables”… Las circunstancias te obligan, te dan escasas opciones y yo, yo pues opto por adaptarme al cambio, ya aprendí la lección.

A las 6 de la tarde me despido de la cocina y, con mi taza y un libro en mano, me dirijo al ventanal de la habitación que en teoría es mía, no obstante ya no tengo sentido de propiedad así que me da igual.

A veces duermo en el sofá de la sala o en algún rincón de la cocina, incluso he llegado a recostarme en la alfombra que está en la entrada de la casa, es suave; pero es en esa habitación (con un balcón al que no he podido salir), donde últimamente paso la mayoría del tiempo y a la que empiezo a llamar el “fuerte”.

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Cuando entro, avanzo como dos metros y me detengo: observo a través del cristal como cae la feroz lluvia y se estrella contra el suelo; sin darme cuenta cierro los ojos y escucho atentamente el sonido que hace… hasta que me pierdo en mi ensimismamiento.

Cuando me recupero, estoy recargada en el marco de madera de la ventana y el cristal está empañado por el vapor del café, escribo y enseguida me arrepiento, prefiero omitir ese momento y dejar de pensar, pero me es inevitable.

Antes de cualquier cosa me acomodo plácidamente en el alfeizar que he convertido en mi improvisado y descuidado lugar de “descanso”, doy sorbos a mi café y de vez en cuando le doy una hojeada al libro que descansa sobre mis piernas: una novela británica… hasta que me sorprende la noche.morning-262423_960_720

Dicen que para poder seguir adelante hay que comenzar de nuevo y se supone que es lo que estoy haciendo, aunque a veces me pregunto qué hago aquí, la rutina empieza a tornarse agotadora, nada nuevo, hasta la lluvia parece igual,  pero, creo que la prefiero a dormir todo el día, ya me aburrí de eso.

Algunas ocasiones siento que estoy encerrada en un bucle de tiempo, el mismo día, las mismas acciones, los mismos sentimientos…

Estoy cansada. De vez en cuando platico con este triste ventanal y en ocasiones, en contra de su voluntad  me susurra y me dice cómo se siente, por eso sé que está triste.

Intentó reconfortarlo y paso mis manos en lo que alcanzo a tocar de él, aunque parece que termino acariciando mi reflejo.

En cualquier momento puede romperse, aunque está hecho de buen material es frágil. Las apariencias engañan.

Pero aun así no pierde la oportunidad para reprenderme cuando puede, es intolerable, por eso he optado por cambiar de estrategia. Ya no hablo tanto sobre mí, lo peor que puedes hacer es mostrar tus debilidades, el tiempo me lo ha enseñado.

alarm-clock-1193291_960_720Así que en su lugar le hablo sobre la Elizabeth Bennet de Jane Austen. Está dando frutos.

Nos transportamos a otra época y nos olvidamos del presente por un buen rato.

Y cuando insiste en adentrarse en mí, le recuerdo donde está: inamovible, con una vista horrenda, en un remoto lugar… volvemos al libro.

Pero sólo escapamos por un momento, la realidad de la fría madrugada nos atrapa y voy hacia la cama para tomar una frazada y mientras discierno sobre en donde dormir, el sueño me envuelve, espanta al llanto a punto de salir y caigo rendida en ese mueble.

Fragmento de un adiós

Poescritos
Lo siento: por mis futuros remordimientos,
por mi enfado, por el pasado, por dejarte atrás.
Acepta mis disculpas anticipadas, no eres tu,
no soy yo, son las circunstancias.
¿Recuerdas como solíamos reír?
Nos volvimos inseparables pero…
Mi mal genio, tu falta de paciencia, mi predisposición,
tu mal humor, mi exigencia, tu falta de sinceridad,
tú, ¡yo! La indecisión.
Habrá días en los que me extrañarás,
no me llames, va a terminar en discusión.
Habrá días en los que estaré enfadada y querré reclamarte…
no contestes mis llamadas ni el Whatsapp.
Pasará el tiempo, pensaremos que fue falta de amor,
algo pasajero, un juego o un disfraz.
No dudemos, no fue eso.
Disculpémonos, en silencio, por nuestros arrepentimientos:
soy terriblemente insoportable, eres estúpidamente detestable.
Ya lo sabemos.
No te preguntes el porqué.
Las cosas pasan, y como en nuestro caso no hubo nada
que hacer.
No quisimos.
Lo sentimos, pero no lo detuvimos.
Queríamos escapar.
Lo comprendimos.
A veces era demasiado cansado e incluso
resultaba bastante arriesgado.
¿Ves?
¡Muchos excesos!
Se que estarás bien.
Ah, y por favor, deja el cigarro y el alcohol.
No tengas sexo sin protección.
Sal a correr.
No te olvides de comer bien.
Calla. No hay nada que hablar, Aún.
Te quiero, en un presente sofocante y pasajero.
Te quise en un pasado traicionero y altanero.
Te querré, en un futuro que no existe y lo lamento… Amig@.
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Capítulo 5. Vínculos rotos

Poescritos

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Hay vínculos que deben romperse, y el nuestro era uno de esos. Sin embargo, aún quería tenerle…
Me era inevitable, a pesar de todo, pensar en él.
Nunca supe como llegue hasta ese punto, pero a estas alturas más que respuestas, buscaba valor para realizar las preguntas no hechas.
O simplemente voluntad para no volver a caer en la trampa de sus labios y de una vez por todas decir adiós.
No obstante, carecía de ambas.
Pero juro que no era una cobarde (mucho menos una valiente), sólo me encontraba en el punto medio del anhelo y el fastidio; del miedo y el cariño; del cielo y el precipicio; de nuestros dedos entrelazados y su desidia; de mis sentimientos y la desdicha; del coraje y la indecisión.
Aclaro… ¡Ni siquiera era autoengaño!
Sabía perfectamente que no debía más que olvidarle y suprimir mis recuerdos sobre él, omitir el deseo y fingir demencia si volvíamos a coincidir. Mas saberlo era muy diferente a llevarlo a cabo.
Pero lo haría.
Tenía que tomar la decisión correcta y, en un acto de autodefensa, huir mientras no era presa de mi misma, mientras era consiente, ¡mientras podía!, me repetía una y otra vez.
Él no podría quererme de la manera en que yo lo hacía, y esperar demasiado era algo que no debía hacer y que no quería, así como tampoco dar por hecho cosas que aún no sucedían, pero el peso de su ausencia, de su intermitencia, cada día dolía más, cada día lo soportaba menos.
No quería terminar en un huracán.
Además, ante sus ojos, sólo era una insulsa niña.
La verdad es que, ante la inminente perdida, yo anhelaba regresar a lo que éramos, pero una vez que las cosas empiezan a cambiar es muy difícil que vuelvan a su estado original, y quizá, lo cierto, es que debía descubrir quien quería ser yo.
Estaba demasiado confundida, no podía pensar con claridad.
Necesitaba abstinencia y soledad, necesitaba repararme y aprender a volar… tal vez lejos.
Mientras cavilaba todo una y otra vez, mientras sentía la aflicción en mi pecho, mientras mis pensamientos inquisitivos y recurrentes me dirigían hasta él, lloré.
Por primera vez lloré por él, por mí, por nosotros y por no volvernos a encontrar, al menos por un tiempo, al menos hasta sanar.
Fue así que, llena de lágrimas, desperté del sueño en el que había caído a su lado y me di cuenta de la realidad: podía envolverlo de cariño, respetar sus silencios y darle amor, pero lo cierto es que sus ojos no miraban hacia mí, sino a otra dirección.
Es por eso que, antes de empecinarme en causas perdidas, romper vínculos era el remedio infalible para de una vez por todas concretar un adiós.
Fabricaría un rompeolas para mi propio corazón.

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Cinco. Capítulo reabierto

Poescritos

engagement-1718244_960_720Él no era una excepción a la regla, siempre lo supo. Nunca debió esperar nada, hasta que lo hizo.
Quebró sus códigos, uno tras otro; su interés crecía, su disposición, sus ansias, su anhelo, su deseo, su aprecio, su desesperación.
Sentir su mirada en ella, sus labios, sus manos… el sonido de su risa, el sarcasmo de su voz, lo perspicaz de su mente y el misterio de su corazón, los tatuajes en su piel y su característico olor a tabaco… Todo ello le producía una descarga enorme de endorfinas y serotoninas, le causaba expectativa, esperanza, sueños e inseguridad.
Y lo odiaba, (por supuesto lo deseaba).
Hasta encontrase inmersa en el café de sus ojos, en el palpitar de su pecho, en la calidez de sus manos, en el sonido de su respiración, en el recuento de sus lunares, en lo grave de su voz, hasta que recordaba… La verdad, la triste verdad: anhelaba a esa alma libre que cabalga lejos, sin retorno, sin pausa, sin empatía, falto de sinceridad, de interés, sin querer ser «suyo».
couple-731890_960_720Aquel chipi chipi en su corazón la mojaba lentamente y con calma, con toda la maliciosa intención, pero no había más, nada más de lo que ella podía esperar.
Respiraba en su cuello y hacia vibrar su cuerpo, a mordidas le arrancaba suspiros, latidos, gemidos, al mismo tiempo que sentía su sonrisa traviesa a través de los poros de su piel… y pasaba, terminaba, se iba sin decir adiós.
En otro momento, otro segundo, inexplicablemente, sin aviso ni permiso, se convertía en tornado, no por su tremenda potencia o pasión, sino porque sólo la destruía a su paso. ¡Absurdamente! Sin durar, torrencialmente, ambiguamente, estúpidamente, como el «dedo de la muerte».
Y a pesar de todo, ahí estaba, pensándolo, recordándolo, deseándolo a su lado, buscando una incoherente explicación. Mujeres… Hombres.
Fue de lo peorcito. No, me retracto. Es de lo peor.