Mala

Poescritos

Me culpaba de mi falta de afecto, como si los sentimientos se dieran en los árboles (y de todas maneras ni árboles quedan muchos).
Así, él anhelaba que cumpliera su deseo y me lanzará a sus brazos sin chistar palabra, como si yo fuese adivina y mujer de dudosa dignidad; pero jamás se dió a la tarea de realmente conocer mis sentimientos.
Yo sí lo quería.
Hubo una vez que mis ojos no miraban en otra dirección más que la suya, ¿y que hizo él?
Me arrojó al olvido por tiempo indefinido, hasta que su amorío resultó en un fracaso.
Fue entonces que labró el camino de regreso hacia a mí, en busca de no sé qué. Ya era tarde. Me juré que jamás volvería a verlo con la misma intensidad. Y así lo he cumplido.
Esa es mi gran culpa, ese es el porqué de nuevo se aleja y continuamos con este huir y venir, repitiendo el ciclo: se acerca a tientas, en silencio, a la espera, en medio de la nada, y al encontrar mis manos en lugar de mis labios… se va, busca otra piel en la cuál depositar su afecto malherido, su inseguridad y esa atracción que no sabe cómo llamar.
Y yo soy la mala, ¿soy la mala? como si de verdad fuera una mujer que no sintiera. Me he equivocado, sin duda, aún así antes lo quise como él a mí pero nunca se dio cuenta o no quiso hacerlo. Yo quería su alma, y tal vez el sólo deseaba cosas que mi cuerpo no era capaz de darle, quizá por eso nunca dijo nada.
Ahora, de nuevo, se va. Como si yo no sintiera. Se va encandilado por otros ojos bonitos. No lo culpo. Sin embargo, no espero que vuelva. Él ya no espera. Sé que tras cada huida estamos más lejos, y las distancias que no son físicas son las más difíciles de superar. Estamos equidistantes, heridos cada quien a su manera.
Yo lo quiero. Sólo que ya no puedo hacerlo como antes, no tras abandonarme justo cuando más lo esperaba. Jamás lo supo, quizá por eso es que no importa lo que yo siento, tal vez por eso no importan si mis heridas no sanan, quizá por eso le cuenta a sus amigos que yo soy la mala, la egoísta, la que no le tiene afecto, la que no le habla.

Supongo que es mejor así, que todo transcurra sin sentido, como si nada.

Viento

A flor de piel, Poescritos

Viene y me balbucea los secretos del mundo. Me esfuerzo por entenderlo pero no puedo.
Acaricia mi cabello y siento sus dedos recorriendo mis mejillas, luego baja a mis labios y siento su respiración ansiosa descender hasta mis costillas.
Omnipresente me recorre por donde quiere y muchas veces no debe.
Quisiera tocarlo y beber de él, mas se me escapa, ni siquiera como la arena entre los dedos. Se me escapa consciente de la imposibilidad de tenerle. Pero sigo, sin la certeza, porque lo que siento va más allá de los pensamientos en mi cabeza.
Cierro los ojos, disfruto de su presencia, el tiempo que le queda, la exclusividad de este momento en que etéreos tomamos consciencia.
Me muerdo los labios y siento el deseo creciendo entre mis piernas.
La luz de la luna basta para acompañar este encuentro donde mis manos que son las suyas recorren mi cuerpo y ya en mis adentros me convulsionan con sabor a viento, libertad y un poco de amor fugaz, éxtasis que viene y va. Espasmo de ti, de mí, de él, del tiempo que estuvo y ya no está.

El grillo humo, sus ojos, mis mejillas

A flor de piel

El día estaba azul. Mientras la cabeza cortaba su nombre el grillo humo.
Ya me había pasado cuatro estaciones. No recuerdo lo que estaba pensando pero por lo visto ocupó demasiado de mi tiempo y mi… tampoco puedo recordar la otra palabra. Tan normal.
La noche era abrumadora, llovía en pequeñas dosis y el frío no calaba mis huesos, sólo mis orejas.
Cordura, esa era la palabra que se me había escapado de las manos, y de mi cerebro decía mi madre, al menos eso creo.
Mis botas de gamuza estaban inundadas. Las amaba. Su color caqui me gustaba, aunque creo que lo que más me entusiasmaba era el bordado de colores que traía en la orilla. Tenía formas hermosas.
Él era hermoso también, aunque suena demasiado afeminado si comienzo describiendolo de esa manera. Quizá mañana nadie pueda recordarlo. Sus ojos cafés me encantaban, demasiado comunes, pero no podía olvidarlos, tal vez por eso me aferraba.
Tenía un nombre extraño, pero sus ojos eran todo lo contrario.
Pecas, también tenía ligeras pecas sobre sus mejillas.
Las mias quemaban.
Mis mejillas.
Mis llaves, ¿dónde están mis llaves?
Ha sido una jornada muy larga.
El teléfono suena, pero no encuentro mis llaves.
Estoy frente a casa, no quiero decirle a mamá que baje, sus rodillas no están bien. Sus 52 años ya le pesan demasiado.
Sin embargo, es una gran mujer, no deja de trabajar y dar batalla. Pero hacerla bajar del cuarto piso… no, ya tiene suficiente.
Estoy muy saturada,mi cabeza va a pagarlo.
El chipichi, se siente bien al caer sobre mi cara.

Odio levantarme temprano, hasta la muerte.
Faltan dos días para mí cumpleaños.
Mamá intenta lavarme el cerebro, se ha vuelto nuestro juego, finjo demencia y que le creo.
Estábamos en verano y ya es invierno. Me sorprende lo rápido que pasa el tiempo.
Falta una semana para mí cumpleaños, que nervios.
Jugar con mamá ya no es divertido.
¿Pero cómo se lo digo?
Mis mejillas queman, pero ni siquiera el gorro rojo que traigo sobre la cabeza disimula la palidez.
Mis ojos son cafés, como los suyos.
Mamá ha empezado a llorar quedito cada que me ve, sé que ha pasado algo importante.
¿Es porque me despidieron en el trabajo?
Por supuesto que sé quién es, le digo cuando señala la foto que traigo en la mano.
Es un chico hermoso,de seguro con un nombre raro. Sonrío.
Soy muy distraída, desde que tengo memoria ha sido así, apenas puedo retener mi nombre.
Lo amo, pero ni siquiera es por el recuerdo.
Demasiadas cosas que hacer.
Mamá dice que todo está bien, pero siento que hay algo raro.
Mi cabeza se hace grande, pesa cada vez más.
La he oído hablar de un accidente, y llora más frecuente, finjo demencia, no tengo fuerzas, después lo trituro. ¿Soy tan perversa?
¿Y las llaves?
¿Las llaves?
Necesito llaves.
Siempre he evitado la puerta, las quejas y las malas noticias. Mejor no saber y lo relego, justo como aquello que guarde bien una vez y ya no encuentro.
Luego que todo está bien, siento que no tiene sentido, sin embargo el día estaba azul, ¿qué estoy olvidando?
Es tu hermano, dice.
Es tu hermano.
¿Quién?
¿Quién lo dice?
Hay lágrimas en el grillo humo mientras la cabeza cortaba su nombre.
Mis mejillas.
Sus ojos.
Quiero verlo.
¿A Quién?
Amada madre y esposa, 1948-1999, no llores, me portaré bien,¿ bien?
Regresaré.
Te lo prometo, no lo olvidaré.

¿Qué olvide?

Creo que te quiero

Poescritos

Creo que te quiero.
Te quiero como se hace con todo lo improbable:
con ansias y convicción.
Te quiero como se hace con lo pasajero:
con un beso y un adiós.
Te quiero con la culpa, los remordimientos
y la reciente manía de esperar.
Te quiero con estos principios rotos
y la moral abaratada ya.
Te quiero, supongo, con las consecuencias,
preparándome cada día para cuando llegue «ese día».
Te quiero con los dedos de mis manos
y la cuenta regresiva.
Igual he de decir que lo hago con la incongruencia
y todas las mentiras.
Creo que te quiero, sí, lo creo,
engañandome a ojos abiertos.
Te quiero por declive, con las palabras ya vacías.
Te quiero como se hace en los malos días:
con un poco de reproche y agonía.
Te quiero como se hace en las despedidas:
30 minutos más, hasta antes de zarpar.
Igual he de decir que es cierto,
pero no puedo permitirlo más.
Así que te quiero, con estos 13 «te quiero»,
que son mi superstición, mi condena
y la tarifa vencida.

Carta a fulano

Poescritos

Querido fulano:

Estoy hecha bolita, quiero que lo sepa. Imagineme en el umbral de su sótano, a la espera.
Pero es en vano, nadie va a salvarme de mí, ni de usted. Ni usted.
Faltaba más.
No quiero hurgar en el pasado ni enumerar los reproches, con el futuro basta.
¿Qué puedo decirle?
No hay argumentos válidos contra lo evidente.
Dije que lo quiero, es cierto. Y desde ese día intuí que sería la primera y última vez.
Mi abuela me enseñó a no deseear lo que no es mío, y no es que busque hacerlo una propiedad…
Así que me voy; no porque no quiera, sino porque quiero, y ya no puedo más.
Cada día que pasa lo vuelve más insoportable.
No espero que lo entienda, no obstante, quizá, sólo quizá, espero que lo sienta.
No busco hacerlo mío, reitero. Eso, a estás alturas, ya me es impensable.
Ahora, más bien, lo que busco es limpiar este cargo de conciencia, usted entenderá.
Que me quiere dice, no hago más que dudar, pero si hay un gramo de verdad en sus palabras, no crea que me doy por bien servida. Al contrario.
No sé que hace aquí, en mi presente, debió de haberse quedado dónde estaba antes, donde no lo conocía.
Ahora tengo que ahogar está pena y recomenzar de nuevo, hasta que desaparezca, junto con mi dolor de cabeza firmado con su nombre y que no me deja en paz.
Lo más trágico de nuestros momentos juntos es el precio que voy a pagar por ellos: recuerdos, se les dice.
Por cierto, quiero decirle que me llevo su botella de agua, el cacao que nunca me compró y unos cuantos pesos, unos miserables pesos que me permiten contar con cada centavo lo que tenemos por historia, que es casi nada. Queda avisado.
Ah, y un favor: sea una mejor persona, como dijo.
No soy quien para darle consejos, pero podría comenzar por los hechos. Sí, déjese de palabras, lo de hoy son las acciones.
Podría extenderme y decirle hasta de lo que se va a morir o hablarle sobre los besos inventados que ya nos vamos a vivir o comentarle sobre las noches enclaustradas al compás de las sonrisas, pero no puedo, mi falta de religión me lo prohíbe.
Que le quiero, es cierto.
Que me quiere, según dice.
Sin embargo, en este mundo se quieren muchas cosas y aún así se les deshecha, incluso a las personas.
Ni el amor puede salvarnos.
No me hable, no me busque, no me escriba, no porque no quiera saber de usted, sino porque las cosas deben ser y no son.
No son y no sé vivir sin ser.
Mi fallo, supongo.
Nunca más tarde, nunca más temprano, nunca más quien no fue y quien nunca será:
La fulana moralista, incongruente, que se las dio de muy muy y resulto tan tan, junto a usted. Usted. Maldita sea.

Me hielo

Poescritos

En cada silencio, con cada día, sin parar el tiempo, me hielo.
Me hielo al escuchar tu nombre, en la incertidumbre, por cada lamento.
Volteo, primero cada tres segundos, ahora cada vez menos y te veo, te escucho, te siento, como siento esta pared creciendo en mi pecho.
Dejo las cabilaciones de tu ausencia y relego la culpa de ti.
Así que me hielo por cada paso, por cada abrazo olvidado, con las tragedias en mi cabeza, por el desencanto.
Desencato que me trastoca, calma y arreba. Me arrebata estas ganas de seguir aquí.
Aquí en la incongruencia, la inconstancia, en la pesadilla que es este ir y venir.
Por ello te agradezco y me hielo con este dolor recorriendo mis caderas y la sangre manchando mis adentros, bajando por mis entrañas, quedandose congelada entre mis dedos.
Me hielo en este cansancio infinito de tu recuerdo. con cada suspito muerto.
me hielo de ti. de mi agonía y de este sufrir.

Los rostros de mi padre

Poescritos

Malherida, intento hacer una regresión a tu carne que es mi carne y ha sido carne inerte, sirviente ocasional de caricias fingidas.

Vuelvo a caminar las huellas del pasado, las reminiscencias de ti y de tu sangre maldita que corre dentro de mi piel como caballo desbocado.

Y retiemblo al recordar sus manos que son tus manos acariciándome el rostro y diciéndome que todo estará bien, pero no, no es cierto.

Tú te has ido y nadie más a partir de ahí va a quedarse.

Por ello, entre tanto, los hoyuelos en mi cara que son calcas de los tuyos me dan nauseas, sobre todo cuando el chico del seis me dice que le encantan, cuando le sonrió pero ve mi cuerpo y me convierto sólo en eso, sin importar más nada.

Así que te condeno en tus ojos cambiantes igual que en los recuerdos abortados de una niñez tan fallida como beligerante.

Te condeno cuando fuiste ébano, verde olivo o un sucio mar.

Te condeno desde mis entrañas y por esos labios rojos que besaron mi cuerpo, que lamieron mi boca y se transformaron con el tiempo en duraznos apelmazados que con su dulzor engañaban a mi deseo.

Te condeno por este futuro incierto y por las manos en mi cintura que prometieron un amor perpetuo, por mis lágrimas acalladas y los gritos que lucharon por salir pero envejecieron.

Te condeno por tus rostros errantes y hoy después de tanto tiempo lloro por ti, por mí y por aquellos que no se quedaron, por esos hombres que fueron y vinieron pero no me amaron.

Te condeno por tu ausencia, por tu muerte, por el cariño que no conocí y que en teoría me ha traumado.

Te condeno por tu tez blanca, después morena, en ocasiones trigueña con ánima ronca y un cuerpo deformado.

Te condeno por tu cabello negro, castaño o a veces rubio malvado, por no protegerme, por ser el primero en haberme lastimado.

Te condeno por todo lo que no fui y en esta fría noche, mientras te aborrezco, te condeno por haberme fallado, por no ser mi modelo a seguir, por cada uno de ellos que me ha mancillado.

Té para el alma

Poescritos

Intento olvidar el ruido del mundo mientras el agua fría cae sobre mi piel y compite con la lluvia que triste me acompaña. Restriego los recuerdos ferozmente y lavo las cicatrices de mi alma pero no es suficiente. Algo falla.
Quiero acallar con mis lagrimas el caer de las nubes que en junio me encaran y me recuerdan esta tormenta que es la calma; esta calma que me falta.
Pero reacias, así son, una locura que divertida e incoherente me fallan. Por lo tanto, mientras se niegan a venir sonrió descolocadamente y observo mi piel desnuda y goteante en lo que hoy tengo por reflejo.
Entonces me voy a ti, sin mí, intentando descifrar aquellas madrugadas que trastocaron mi paz y hoy sin piedad me amenazan, me laceran, se me escapan, como los discursos arquetípicos de la moral que ya no es tanta.
Regreso en mí, con los ojos caídos y rojos, así que me despabilo un segundo, apelando al equilibrio, al poco que me sostiene y de vez en cuando me engaña.
Mejor pienso en salir a perderme entre las sinuosas calles de esta ciudad bipolar, fuertemente amurallada. Pero salir ya no basta -a quién engaño- así que me echo al suelo mientras juro que no volveré ahí: a lo corrupto de tus palabras.
Entretanto, termino hecha un ovillo, rezando llanto y esperanza.
Aunque mi amiga del seis me dice que en realidad parezco una larva envuelta entre cobijas sucias que fatalista e inconsciente jura que no va a florecer, porque le duele el pecho, le duele el anima; de tal suerte que me quedo en medio de esta metamorfosis amorfa y congelada.
El té se pone en marcha y espero que el vapor haga efecto y me ayude a descongestionar estos sentimientos que amenazan con pasmarse en tu ojos, tu sonrisa y tu nada.
La tetera resuena en esta burla de habitación y me rescata, de nuevo, de las garras de los remordimientos. Me apaga a través de los suspiros que se me escapan, cada uno más intenso que el anterior, los gritos creciendo de estás viseras, desde estas roídas entrañas.
Tras un breve cachetadón de conciencia, me permito cerrar los ojos y simultáneamente me trago a sorbos el dolor que me sabe a miel y a limón, enfrascado en porcelana que se disfraza de muerte, igual que este sentimiento que me mira a los ojos y resuena cada vez que enveneno mi té para el alma.
Así transcurren las horas, con la taza en la mano, buscando la catarsis que me haga vomitarte y purgarme de ti, de este calvario que me hiere y no se deja morir.

Otra vuelta

Poescritos

Cambié el vodka por un poco de tequila, aunque confieso que lo primero que abandoné fueron unas cuantas cervezas y un vino tinto de pacotilla.
En el día quinto mi presupuesto se había desvanecido y del ron pase a la caña con refresco y le di pasos a mis bajos instintos.
En el día siete la caña sola bastaba pero para el día ocho la cruda mortal me alcanzaba.
Ayer di la vuelta y me embriague con café, aunque después de la cuarta taza seguí pensando que algo no estaba bien.
Hoy he caído más bajo y tras mucho humo y tabaco, alguien me dijo que Tonayan estoy tomando.

(Continuará…)

Me dueles

A flor de piel

Me dueles con la inquebrantable certeza de la primavera, en cada lamento, cuando despierto, cuando sonrío, cuando te sueño.
Me dueles en cada te quiero, en el presente, en el pasado, en el futuro ya acabado, en lo jodido de lo incierto.
Me dueles tras los fallidos intentos, por efímeros momentos, por los malditos recuerdos, porque las palabras luchan por salir pero sólo predomina el silencio.
Me dueles cuando me doy cuenta que ya no vas a estar mañana, que lo de nosotros hoy acaba.
Acaba, amor, y sigo sin soltarte, ni siquiera procuro olvidarte.
Así que me dueles por las esperanzas perdidas, por tus caricias marchitas, por el miedo, porque aún pervive el deseo.
El deseo, cariño, de sentir tu cuerpo, de estrechar tu alma, de darte un beso, de estrujar tu cama.
Me dueles cada día cuando camino sola llena de melancolía, cuando mis pasos vagan en la penumbra y recorro las calles de la ciudad, a ciegas, esperando no verte pero secretamente deseando encontrarte.
Me dueles en esta incertidumbre, en mis ganas de ti, en el onanismo matutino, en tu música que vive en mí.
Me dueles al evocarte, al verte cerca pero saberte lejos, en la intención de olvidarte, sobretodo en las noches cuando no paro de pensarte.
Amor, ya no mío, cómo te explico que me dueles cada vez que me observó, que te miro, cada vez que no estás, cada vez que crece este vacío.
Cómo te explico mis manos sobre mi cara intentando de magullar este dolor, mientras me digo que todo es pasajero, tratando de regresar mis lágrimas por donde vinieron, fracasando y colándose de entre mis dedos, yo cayendo al suelo.
Cómo te explico que quiero gritar «¡te quiero!, ¡te necesito!, ¡estoy cerca! ¡ven a mí!»… mas recapacito, no puedo, no debo, entonces callo y muerdo mis labios esperando que vengas aquí y me digas que se acabó el sufrimiento, que no es el final, que nuestros pasos van a dar para más, que va a haber un mañana prometedor, que aún existe la palabra amor.
Cómo te explico que me dueles con todos los por qué, porque siento que falle, porque no hay marcha atrás, ya no queda nada que arreglar.
Me dueles en cada latido, cada vez que respiro, cuando me preguntan «¿Cómo estás?» y yo sonrío, cuando finjo y digo que te olvido, pero no es cierto. ¡No es cierto!
Me dueles.
¡Me dueles infinitamente tú!, en tu hastío, amor, ya no mío, me dueles.
Fastidio.
Soledad.
Olvido.

De dos a cuatro

Poescritos
De dos a cuatro veo tu figura resplandeciente en mi cuarto;
mojas mi piel con tu mar salado y besas mi cuerpo sin
detenerte en el llanto.
De dos a cuatro somos deseo, y soy el remedio a tu soledad,
a tu carente búsqueda de la verdad, a tu tedio y
a la inexistente inocuidad.
De dos a cuatro te pierdes en mi monte y desalojas,
desesperadamente, la maleza como tal caballero
sin renombre.
De dos a cuatro voy, de dos a cuatro vas.
De dos a cuatro me pierdo, de dos a cuatro sé que me encontrarás.
De dos a cuatro me das lo de siempre, pero no lo que me canso de esperar.
De dos a cuatro me das lo de siempre, pero no lo que me canso de esperar.
En escasas horas me elevas, me llevas, y después llega la realidad.
De dos a cuatro caigo, te desvaneces;
De dos a cuatro caigo, te desvaneces;
somos un circulo sin acabar