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Poescritos

Cumplir años es no cumplir

con las fantasías soñadas a los seis

la vida trazada de mis padres

los sueños que poco a poco se diluyeron

porque estaban escritos con tinta deleble

marca ‘mi determinación’.

Es pasar por el umbral del pasado y el presente

y darse cuenta que no hay futuro

que nunca lo hubo

siempre vamos un paso atrás

a la expectativa de una vida que se acaba

de la que no queremos saber

ni ver, ni hablar

sobre todo cuando no es aquella

que a los 12 nos prometimos conseguir.

Cumplir años es no cumplir

con la salud mental intacta

el encuentro con la felicidad

los amigos que juraste lo serían siempre

porque ni siquiera puedes ser tu propio amigo.

Es envejecer con pena y no gloria

En el desorden de tu propia habitación,

a la que a veces llamas casa, pero no hogar

un hogar no se mantiene solo

y no hay nadie ahí que pueda abrazarte.

Cumplir es no cumplir más que con los años

que no puedo detener

con las situaciones que no puedo controlar

y me llevan a la deriva

con la única certeza de que algún día,

ni siquiera sé cuándo, he de morir.

Trazame

Poescritos

– Para ti, que nunca seré única

Quitame la culpa
agrega dulzura
un cabello largo
una nueva nariz
dibujame a tu antojo
con líneas perfectas
a tu manera
Borra esta que soy
rehazme
dame un poco de color
quitame este blanco y negro
llename de ocres y pasteles
esos que tanto te gustan
qué no soy
qué dudo ser

Juega con mis curvas
y quita estas emociones interrumpidas
delineame como quieras
llevate mis impulsos
omite mi intensidad
todo aquello que me hace egoísta
una víctima disfrazada de mujer
esta angustia caminante
la que lo arruina todo
la que no sabe parar
ni quedarse
ni amar
y tampoco irse
Pero deja mis lunares
mis ojos
y esta manera en la que solía sonreír
al pensar en ti
tras escuchar tu voz

Acerca tu lápiz a mi corazón
el camino más cercano al tuyo
rozame con tus dedos
en cada trazo
acariciame
pon tu mirada en mí
en lo que seré
sienteme tuya
y después, cuando termines
como siempre lo haces
vete
déjame aquí
sobre el papel
encuadernada
pensando la forma de cobrar vida
de desprenderme
salir al mundo
sentirme segura
y vivir
sin ti, como siempre ha sido
y cómo sé
a pesar de todo
qué me dejaras.

(… no regreses. Una creación siempre amará a su artista o lo odiará, irremediablemente, y sé que tú no eres blanco y negro).

Poescritos

I

A veces te espero,
casi siempre a la misma hora
y con la misma desesperanza de saber que no vendrás,
sin embargo, aún me sorprendo al imaginar tu sonrisa
y cada una de las vidas que pudieron ser nuestras
sabiendo, como sólo yo lo hago, que no serán.

Me pierdo en los recuerdos imaginarios donde no nos faltó coincidir;
siento tu beso humedeciendo mis labios, tus manos en mi cara
mientras intento pelear contigo para no perder la costumbre
de esos días en los que nos vimos por primera vez,
en los que tu sonrisa conquistó la mía,
y mis pucheros la tuya, y nuestras ganas todo.

Aquellos días en los que me gustabas tanto y tenías ese no sé qué,
que qué sé yo, que me hacía sentir no sé cómo.
Esos días y noches, donde disfrutaba tanto verte feliz,
donde sólo escucharte hablar era suficiente
incluso aunque el tema de conversación fuera otra
y no está frente a ti, deseando que la miraras.

II

Me pregunto que veías cuando me veías
¿A la mujer de 24 años?
¿A la chica que toma mala decisiones?
¿Un puerto emocional?
¿O a la briaga de medianoche?
¿O a esta otra, muy lejos de ser yo?
¿Acaso realmente me veías?
y si lo hacías, ¿cómo lo hacías?
Después de la nada, siempre quise saber todo
y me acostumbre a la duda de quién era yo a través de tus ojos.

III

¿Recuerdas cuando nos conocimos?
Yo no, sabes que llego a olvidarlo todo.
De sobremanera, a las personas con las que pude ser feliz…
Ahora, me parece, te conviertes en fragmentos
de sueños que no alcanzo a recordar,
como las conversaciones tontas que tuvimos
la noche en que nos encontramos por primera vez.
¿Cuál era el tema? ¿Algo sobre vinos?
¿Sabes bailar, nombre, edad?
Si cierro los ojos solo puedo palpar el sonido de tu voz
y distinguir los hoyuelos de tu cara, sonriendo para mí.
Tu mirada buscando la mía
y después mis piernas junto a las tuyas
en esa cocina repleta de gente,
donde no hacíamos otra cosa más que existir,
juntos, en la complicidad de nuestras palabras

IV

No me malentiendas, sé que no te amo, pero pude haberlo hecho
sin tan sólo tú me hubieras dejado
si al menos me hubieras dado la oportunidad de intentarlo
pero no podías ni querías hacerlo
y yo, bueno, hace mucho que aprendí a no enamorarme
y a pasar de largo cuando es necesario.
Sin embargo, incluso después de todo: Te quiero.

Ya ves, a veces te espero,
aunque no sepa para qué,
incluso si sé que no vendrás
estoy aquí, esta tarde, llamandote
aunque tú ya no puedas hacerlo.

De nuevo

A flor de piel

Nunca he sido buena para pedir ayuda,
ni para dar amor, ni para no darlo,
ni para encontrar el punto medio.
Siempre estoy en ese tonto sitio
donde me quedó sentada un rato
hasta que aprendo a marcharme,
unas veces más rápido que otras,
pero siempre en la incertidumbre,
en las ganas de quedarme,
en aquella búsqueda inútil de mi guardavidas,
aunque sé que no lo hay.

Para la ayuda nunca he sido buena,
ni para agachar la mirada, ni para sostener una mano,
ni para bajar la voz,
ni para decir: mamá yo también te necesito.
Ni para abrazar a alguien,
ni para permitirle a nadie que lo haga.
Lo mío es pasar de largo,
huir en cuanto las piernas me responden
y mi mirada puede ignorarlo todo.
Lo mío es sincerarme en mis pensamientos.
Ser la mala, abrazar la culpa
y gritar para disfrazar lo herida que me siento.
Lo mío, por desgracia, es huir una vez tras otra
de forma egoísta, en cada intento de no desear morir.
Con las voces en mi cabeza diciendo que siempre he sido así, la mala:
hija
nieta
amiga
mujer
ser humano
Pero que también necesita amor, aunque ellos no lo sepan o no quieran saberlo.

Soledad compartida

A flor de piel, Poescritos

Estoy terriblemente sola. Más aún cuando la gente alrededor da tantas vueltas y el sonido del claxon cruge en mis oídos.
Estoy tan sola como cada cumpleaños al despertar, cuando espero con fe y no pasa nada.
Justo como en cada sorbo de café que intenta ser engaño, en un día diferente, pero que transcurre igual, que sabe igual: amargo…
A las dos de la tarde, a las cuatro, a las seis, antes de dormir. Incluso en los sueños a los que trato de aferrarme, pero que también se van, desaparecen de a poco, dejándome este anhelo por recordarlos.
En mi letargo, fatalmente sola, estoy como el vecino imaginario que poda el césped los domingos a las cinco de la tarde y sonrie, mientras por dentro rompe en llanto, tan cansado, mucho más que mi abuela que toma su siesta en el sillón café que antes fue amarillo, pero que a nadie le importa.
O como mi madre en el fondo de la habitación mirando su televisión interior casi descompuesta, arrumbada, convirtiéndose en olvido.
Como aquella familia de la que no soy parte, y que no sabe que es familia o no quiere saber, o le da igual, porque cada quien está lo suficientemente descocido como para tener ganas de unirse. Y simplemente, quizá, porque no sabe qué es familia.
Así, terriblemente estoy, como se puede estar al final de los 25 años, en silencio, en un hogar que se siente ajeno, en los errores que no cesan de facturar, jamás.
En la decadencia del cuarto de siglo, consumiendo el miedo y fustigando la culpa que lo vuelve todo insoportable, acechada por las miradas inquisidoras que me dicen lo terriblemente sola que estoy, en la esperanza de que todo va a estar bien, como aquel que se sabe solo, como tú, como todos alguna vez, en la sonrisa de etiqueta, en el saludo cordial y, a veces, en unas lágrimas tímidas que igual ya no sirven de nada.

Habitante

A flor de piel

El miedo que habita en mí se ha convertido en un huésped exigente, taimado; pasó de ser inaudible a aquel que abusa de mis pensamientos y las probabilidades de que esta vida se convierta en una inapelable, indecible, sorda, culpable.

Ni el alcohol me dio buenos resultados, al contrario. Reforzó la paranoia de esta muerte inevitable, de esta vida inbebible, de estos sueños diluidos, de poco a mucho, inalcanzables.

Este huésped reacio, risible, me ha dejado paralizada frente a la pared de un cuarto que no es el mío, de un hogar que nunca tuve, de un anhelo que jamás he cumplido, de una lista interminable.

Sigo cada año más desmejorada que el anterior, más afasica que de costumbre, más muerta que viva, buscando las palabras que definan de una vez por todas esta idiotez que no me deja fluir

(ni ser, ni estar, ni escribir… en esta existencia que no reconozco mía).

Ser quien soy

Poescritos

Es llevar en el bolsillo una serie de disculpas
Pensamientos que gritan «lo siento»
Refuerzos de autosaboteo, por si todo va bien
Seguidos de la huida que me da una oportunidad de volver a respirar
Ser quien soy es pulir la barrera que no te deja entrar
Que te digo, no puedo, no quiero, no sé…

Dejarme llevar, lo he olvidado
Ya no estoy segura de si alguna vez supe hacerlo
Así, ser quién soy es contener las lágrimas y gritar que no me importa
Mantener una sonrisa o mostrarme inexpresiva
Furiosa una cuantas veces
Dependiendo de la herida que embriague mi día
Ser quién soy, créeme, es lo último que quieres
Por eso no estás.

Mírame

Poescritos

Mírame a los ojos cuando hablo

y me desnudo en mis palabras

a veces torpes, fieras o grandifrecuentes

con maestría, dependiendo del día, sobre todo si es lunes

porque es cuando lo tengo todo y también cuando lo pierdo

cuando los silencios se adueñan del espacio, de mi aire,

del tuyo que ya no alcanza a nombrarme

cuando mis lágrimas están a punto de caer

pero mi orgullo sale en defensa propia e incluso, algunas veces

llena mi boca de maldiciones usadas en tu contra.

Mírame, escucha lo que tengo que decir, después de haber callado

los momentos que nos trajeron hasta aquí

sólo no me veas llorar con indiferencia, si es así mejor vete

sal, corre, huye lejos donde puedan hacerte sentir persona

y vergüenza, y amor, y pena, y alegría

donde puedan hacerte sentir que existes, que lo eres y también que no,

pero que es suficiente, que eres tú y eso es lo que importa.

Así que Mírame, mírame, que estoy aquí, enfrente, contra ti,

a tu lado, jalando del hilo, remendando. Suplicando.

Moviendo mi corazón a través de mis labios y no sólo para que tú pretendas escucharlo.

Sincronizar relojes

Poescritos

Me pregunto si podemos atrasar los relojes hasta sincronizar
ahorrarme el dolor de los adioses
retroceder para no saber nombrarte
olvidar mi nombre y tus ojos mirándome
en la noche, la primera sonrisa
la promesa de un mundo
que sólo estuvo en mi cabeza
la confusión de una brisa de verano
hasta que llegó la claridad del invierno
y lo llenó todo de rastros
innumerables rastros de los quizás y los por qué
que no aprenden a no ser preguntas y desaparecer

¿podemos sincronizarlos hasta el olvido?
No me resigno a ir a destiempo y verte avanzando
sin mí, sin saber nombrarme, obviando mi ser
dejando un hueco en la cama siempre vacía
que te llama en la soledad insoportable
-susurrando tu boca, tu cuerpo,
tus manos, tus labios, tu risa, tu placer-
y me reclama ser quien soy y no lo suficiente
pago la penitencia de las mañanas sin ti
de los días con neblina que siguen igual
porque nunca decidiste quedarte
tú que no crees en las estaciones
ni en los principios ni en el final
no hay una historia que contar
más que el nudo en la garganta
que me obliga a recordarte.

Estoy cansada

Poescritos

Estoy cansada de estar cansada
De respirar mi aire
De levantarme por las mañanas y seguir durmiendo
De hablar y hablar y no ser escuchada, nunca.
Estoy cansada de caminar la vida a pasó lento, errado, distante
De las lágrimas que no cesan
De las que se pasman
De la pus en mis heridas que no dejan curarse
Estoy cansada de esta búsqueda incanzable
Que no me lleva, que no terminará nunca, que no renuncia.
De la mañana, las noches y los días
En este gris intermedio que será también el de mi último aliento.
Estoy tan cansada de mí rostro, de mi cuerpo, de la maldición en mi apellido, sobre las mujeres de mi casa.
Estoy tan cansada de estar cansada, y aún así sigo viviendo del mismo modo.
Sin nada que yo pueda hacer.
Cansada siempre, cansada, de estarlo…

Un par de veces

Poescritos

Hubo un par de veces en las que no quise soltarte, en las que me aferré a ti en un abrazo, en las que implore por tu falso beso de despedida, en las que rogué porque el milagro del amor naciera entre nosotros.
Sólo hubo silencio, y gestos y manos, y más silencio y más de mis manos encarcelando las tuyas, con mis gestos que no querían soltarte.
Hubo un par de veces en las que creí que esa era la última vez que te veía, que te hacía mio, que me condenaba tuya, que mis piernas entrelazaban tu pelvis, a modo de soborno, en modo egoísta, en una guerra perdida.
Hubo una sonrisa, y miedo y tristeza, y más miedo y más tristeza sofocando tu alegría, mi miedo opacando la mía cuando tú partías de aquella puerta como lo hacen los antienamorados, y yo no quería, ni soportaba verlo.
Fueron un par de veces, sí, que mi miedo itinerante te dijo adiós, intuyendo lo que ya sabía: no habría una próxima vez… pero seguimos.
Sin embargo, poco tiempo después, la última ocasión, ni me despedí, ni recuerdo tu falso gesto de tus labios en mis labios, ni lo supe, ni lo intuí, ya me había acostumbrado al proceso de tus huidas y mis venidas, todo fue igual, pero algo se ha borrado de mi memoria.
La última vez, no lo fue para mí, te vi bajar las escaleras, un paso cada vez más rápido que el otro, como lo habitual. La lluvia caía, tan rápido como mi anhelo de verte otra vez.
Pero no, no hubo otra vez. ¿Tú sí lo sabías?

Te libero de mí

Poescritos

Te libero de mí, de mi forma de querer, de está manera tan confusa de expresarme, sobre todo lo desesperante que puede ser esperarme, pero ¿acaso lo haces?

Te libero de mis malos ratos, de los recuerdos ingratos, te liberó del tiempo, de mis expectativas, de los anhelos y las dádivas perdidas.

Te libero de mi rima constante, del deseo asfixiante, de las cosas rotas, de los gritos y la esperanza tonta.

Te libero de la llegada, de las despedidas, de lo abrumador que puede ser compartir con otra vida. De las malditas huidas y venidas.

Te libero de la inconstancia, de la forma abrupta de besarte, te libero de nada, porque en realidad nunca has estado atado a pensarme.

Lo libero a usted, de estas palabras escritas durante un par de cervezas y la tormenta de martes.

Lo libero de las letras que se niegan a quedarse (como él), de lo desgarrador que puede ser intentar amarme.

Pero yo, ¿me libero de ti, de él, de un nosotros, de la vil mentira, de lo cruel que se vuelve la vida?